Por Víctor Gimeno
Historia de Urbano
- 17.03.2004
Hacia el sur siguiendo los paralelos rieles de la vias del “Mitre” se escucha el silbato de un tren que viene de Buenos Aires. Las banderas en los vagones identifican a la hinchada que viene a alentar a su porteño equipo en el todavía no “Gigante” pero si “Glorioso” Estadio de Arroyito.
A la altura del 900 del Pje. Cordero les espera la infaltable bandera del único Club de futbol que se identifica con la ciudad hasta en su nombre.
Atrás de los barrilones y de un árbol, que apenas protege de los piedrazos que caerán con furia, está Urbano, con su vieja bandera en el tope de un largo mástil al que los hinchas visitantes sueñan alcanzar desde que subieron al tren en Retiro.
Una gorra evita el oprobioso grito de ¡¡Peladoo!! que resonaría sin el artilugio. Se bajan los pantalones, se trepan al techo del vagón, arriesgan la vida para alcanzar el trapo y algunos llegan a Pichincha casi sin cuerdas vocales.
Pero allí está, observado desde la terraza, y a resguardo, por su familia, sin falta, domingo por medio, cada vez que Central juega en viejo estadio de Cordiviola y Génova. Es un aviso de lo que los espera. El adelanto de un solo grito, de una sola garganta auriazul, de una sola bandera, que los apabullará apenas ingresen a la cancha.
Uno de los más fanáticos practicantes de la liturgia canalla les adelantaba lo que venía, para que no estuvieran desprevenidos de lo que los esperaba un par de horas más tarde. Representaba ese sentimiento, imitado pero nunca igualado, del verdadero amor por la gloria de Central.
Ya no está por acá. Sin embargo estará siempre presente en algun lugar de la tribuna alentando, como lo hizo siempre, festejando el gol y puteando al que hacía una gambeta más y perdía la pelota, pero siempre con el corázon latiendo al compás del bombo del Tula.
Víctor Gimeno